PLAYA BURBUJA

Franco, Banús y un lugar al margen de España

Historia de los inicios del fenómeno marbellí

Por Ana Tudela y Antonio Delgado
3 DE DICIEMBRE DE 2017

La calle Lobatas de Marbella en 1941 | Vicente Zubillaga. Archivo Fotográfico Legado Temboury.

"Lo malo es que no hay mendigos y apenas existen pobres de verdad. Hay gentes modestas pero el pobre de otras regiones no se da aquí y las muchachas están disgustadas por no poder organizar funciones benéficas. Había un pobre pero cuando fueron a buscarlo acababa de vender un campito que tenía junto a la playa en tres millones de pesetas y ya tenía para fumar".

Mayo de 1962. Edgar Neville, el cineasta, el escritor, el falangista converso que tanto se había esforzado por disipar las dudas del franquismo para que lo reconocieran como uno de los suyos y seguir disfrutando de su buena vida, describe en las páginas de ABC el gueto de lujo que hace años es Marbella. Tira de su cualidad estrella: la ironía. "Lo que estamos tratando es de llevar a cabo una tómbola a beneficio de Onassis, para que pueda hacer un viaje por el Mediterráneo. Siempre da gusto proteger al que puede mostraros su agradecimiento".

Marbella es el resultado de unir la mejor ubicación geográfica, un microclima creado entre el mar y la Sierra Blanca y los bolsillos más llenos y dispuestos a gastar dinero en lujos de la España de la posguerra. Un mundo al margen de los años del hambre que asuelan el país y donde estaba permitido colgar, junto al albornoz, el catolicismo beato que asfixió la moral en el resto de España.

Un mundo creado por y para aristócratas cuyos nombres enredan la lengua de un castellanoparlante, como Ricardo Soriano Sholtz von Hemensdorff, marqués de Ivanrey, identificado por no pocos como el coleccionista de vello de pubis femenino que inspiró el personaje del Marqués de Leguineche de Luis García Berlanga en La escopeta nacional. Un parque temático del lujo donde ministros franquistas, el propio Franco y Carmen Polo, el príncipe y luego Rey Juan Carlos I de Borbón, la Familia real saudí y empresarios con lazos con el régimen encontraron el caldo de cultivo perfecto para mezclar ocio y negocio.

Mucho antes, antes de que José Banús o el Príncipe de Hohenlohe pisaran su primer yate, antes de que un financiero de la Familia Real saudí buscase un sitio en España donde hacer una inversión inmobiliaria, tan antes como por el siglo XIX, iniciaban su producción los primeros altos hornos del país. No fue en Gijón ni en Avilés. No fue en Bilbao. Fue en Marbella. La minería y la agricultura eran las principales actividades económicas, lejos del empeño que tanto desespera a algunos lugareños en decir que Marbella era un pueblo fundamentalmente pesquero, y el suelo marbellí se repartía entre el núcleo urbano y las grandes residencias de ingleses, alemanes y de familias como los Heredia, que junto a un grupo de empresarios malagueños abrieron los enclaves siderúrgicos de La Concepción y El Ángel, donde trabajaban miles de empleados. Esa división marbellí, por un lado el núcleo urbano y por otro los propietarios de grandes extensiones de terreno, se mantuvo cuando empezaron a llegar los grandes capitales que vieron en Marbella un paraíso para el turismo del más alto nivel.

Interior de empresa minera en Marbella a finales del siglo XIX
Interior de una empresa minera en Marbella a finales del siglo XIX

A mediados de los cuarenta, el marqués de Ivanrey invita a Marbella a su sobrino: Alfonso de Hohenlohe, príncipe, de ascendencia alemana, ahijado de Alfonso XIII. Lo más. Desde el primer picnic al llegar a la finca Santa Margarita, que coincide con el punto donde se le estropea el Rolls Royce y que le gusta tanto que no tarda en comprar, Hohenlohe ve en Marbella el sitio perfecto para darse al hedonismo puro. El cortijo original de la finca se convierte en un club social. Pronto se queda sin alojamiento para todos los que acuden a su llamada y en 1953 amplía dependencias construyendo un hotel de 18 habitaciones alrededor de un patio central. Nace el mítico Hotel Marbella Club. Marbella empezaba a ser lo que hoy viene a la cabeza cuando se dice Marbella. Von Thyssen, Gunilla von Bismarck, Audrey Hepburn, los duques de Windsor, el Príncipe Rainiero de Mónaco y Grace Kelly, Ava Gardner, Cary Grant, Laurence Olivier, Guy de Rothschild, Teddy Kennedy…

Aristócratas y gente adinerada llegaban al municipio. Lo hacían en parte huyendo de lo que había pasado en Torremolinos. Exigían que se hubiera aprendido la lección. No querían ni oír hablar del turismo de masas. Marbella era su coto. "Vamos poco a poco a conseguir ese lema que tanto sorprenderá a Europa: Ni una casa sin su piscina, ni un hombre sin su caviar", escribió Neville.

RUTA VALLE DE LOS CAÍDOS-MARBELLA

Terminada la Guerra Civil, los que han logrado colocarse entre los amigos del régimen de Franco empiezan a sacar réditos de su posición. Uno de ellos es José Banús. El tarraconense es conocido como el constructor del régimen por excelencia porque, gracias a su amistad personal con Franco, se encargó de suministrar grava a las obras públicas de Madrid posteriores al conflicto y se adjudicó obras como los accesos al Valle de los Caídos, el puerto de Bermeo, varias estaciones de ferrocarril incluida la de Chamartín y la base militar de Torrejón de Ardoz. Su mano de obra fue tremendamente barata: primero presos de guerra y después presos políticos reclutados a través del Patronato de Redención de Penas.

Entre las primeras grandes obras inmobiliarias de Banús no hay nada blanco y exclusivo como lo que hoy viene a la mente al decir su nombre, sino el Barrio de la Concepción y el Barrio del Pilar, en Madrid, este último llamado así en honor a su mujer, Pilar Calvo. Banús compra los terrenos del Barrio del Pilar cuando están calificados como rústico-forestales, se reclasifican años después como urbanizables y el propio Banús, que presidirá la Junta de Compensación, va logrando que se modifiquen las condiciones de edificabilidad establecidas en el plan de ordenación en vigor. Las viviendas se construyen con muy baja calidad, con trámites de urgencia que se justifican en la necesidad que existe de alojamiento para trabajadores emigrados a Madrid desde otras zonas de España.

Tendrá sus consecuencias. Desde mediados de los años setenta, los vecinos del Barrio del Pilar se quejan de la falta de zonas verdes, polideportivos, colegios, ambulatorios y hablan de la mala calidad del asfaltado, la suciedad de las calles y la existencia de ratas. Su esperanza está puesta en una superficie cercana de veintitrés hectáreas en la que se podrían habilitar las dotaciones que le faltan al barrio. El terreno, en una depresión de unos diez metros de profundidad, se conoce como la vaguada. Banús vendió el suelo a la empresa francesa La Henin a finales de los setenta y los parques, colegios y centros cívicos acabaron convertidos, ya en los ochenta, en el primer centro comercial integrado en un núcleo urbano, Madrid2 La Vaguada.

Banús hizo un importante capital gracias a las obras públicas y al ladrillo y este hecho, unido a sus excelentes relaciones con el régimen, le colocan, en los años sesenta, en el lugar adecuado en el momento perfecto.

Puerto Banús en 2017
Puerto Banús en 2017 | DATADISTA

En el seno del régimen se vive un pulso entre falangistas, que consideran que se está traicionando el espíritu original con la apertura iniciada a raíz de los acuerdos con EEUU, y los nuevos entrantes, ligados a través del Opus con Luis Carrero Blanco y Laureano López Rodó. En 1959, tras el acuerdo de convertibilidad de las principales monedas europeas, España se coloca al borde de la suspensión de pagos y el pulso en el seno del gobierno se salda con un bando claramente vencedor. Ese año se aprobaron los Planes de Desarrollo, que arrancan con el Plan de Estabilización, un giro de ciento ochenta grados a la economía (Decreto-ley de 21 de julio de 1959) en el que el turismo iba a jugar un papel fundamental.

La creación del Ministerio de Información y Turismo data de 1952 pero es la llegada al frente del mismo de Manuel Fraga Iribarne en julio de 1962 lo que da el impulso definitivo. En menos de tres años se aprueba la Ley de Zonas y Centros de Interés Turístico Nacional (CITN). Las pupilas de algunos se dilatan de emoción.

CENTROS DE INTERÉS TURÍSTICO NACIONAL

Mientras las Zonas de Interés Turístico, de impulso público, no se desarrollaron en absoluto debido a una falta evidente de interés, con los Centros de Interés Turístico (CITN) todo fue entusiasmo, una fórmula que pareció diseñada para amigos del régimen. El impulso, en este caso, debía partir de la iniciativa privada pero con un apoyo enorme tanto normativo, con la posibilidad de transformar suelo rústico en urbanizable redactando su propio Plan de Ordenación Urbana al margen de las administraciones regionales y locales y de la Ley del Suelo de 1956; como económico, con incentivos fiscales y préstamos a tipo cero que se transformaron en algunos casos directamente en subvenciones a fondo perdido. Las licencias y trámites precisos se tramitaban en tiempo récord cuando eran para uno de estos Centros y el Estado echó el todo para promocionarlos.

Hotel El Fuerte, inaugurado en julio de 1957
Hotel El Fuerte, inaugurado en julio de 1957

Los CITN se contarán por decenas con los años pero entre los primeros agraciados figuran nombres estrechamente ligados al régimen como José Banús en Marbella o Tomás Maestre en La Manga del Mar Menor. Nueva Andalucía, el área de Marbella que adquiere Banús a mediados de los sesenta, recibe el visto bueno como CITN meses antes incluso de que se haya aprobado el reglamento que desarrolla la Ley que creó estos centros.

El régimen veraneaba en la Costa del Sol y hacía negocios en la Costa del Sol. Es el caso del ministro de Trabajo del franquismo durante 17 años José Antonio Girón de Velasco y sus negocios inmobiliarios en Fuengirola. La integración con los protagonistas del fenómeno marbellí fue total. Su aparición en la prensa da fe de ello. Carlos Arias navarro, presidente del Gobierno, pasaba las vacaciones de Semana Santa de 1974 en el hotel de golf de Nueva Andalucía. Allí tenía de todo, tal y como muestra la agenda que describe la crónica. Podía oír misa por la mañana en la capilla y después jugar al golf. Conversar con el comisario nacional de Turismo, José Antonio Perona Larraz, acompañado por Alfonso de Hohenlohe a media mañana y almorzar con su familia y José Banús, para dedicar la tarde a descansar (ABC, 9 de abril de 1974).

Los años setenta, con las crisis del petróleo, fueron duros para casi toda España, pero algo disruptivo estaba a punto de ocurrir en Marbella. Hay que remontarse de nuevo unos años para conocer su origen.

EL VÍNCULO SAUDÍ

"Crema a la reina, langosta del Cantábrico bellavista, silla de Castilla de ternera al asador, espárragos de La Rioja y salsa holandesa, helado, piña, golosinas y café, aguas minerales y jugos de frutas". "Notable victoria política y diplomática de España". En febrero de 1957, el ABC se deshace en detalles para destacar la importancia de la visita a Madrid de la Familia Real Saudí. Primero el recibimiento en Barajas por el mismísimo Franco, con alfombra roja incluida. Después el encuentro al más alto nivel: "El Generalísimo se entrevistó ayer con el rey Saud en el Palacio de la Moncloa". Después la cena en el Ritz con toda la diplomacia del mundo árabe presente y Franco vistiendo "el traje de gala de capitán general de la Armada". Y finalmente la reacción de la prensa internacional, destacará ABC en su información diaria de cobertura de la visita, reforzando la importancia que para el régimen supone estrechar lazos con la parte más poderosa del Magreb.

Un vínculo que reforzará y mantendrá el príncipe (y posteriormente rey) Juan Carlos I de Borbón y que verá en Marbella un paraíso en el que fructificar. La Familia Saudí en particular y los jeques árabes en general encontrarán en la Costa del Sol un lugar ya sembrado al que regar de petrodólares. El músculo financiero saudí, derivado de su tesoro petrolífero es capaz de apuntalar dictaduras y monarquías y unos y otros no van a dudar en pedirle ayuda.

El Rey Saud de Arabia Saudí posa junto a Francisco Franco antes del almuerzo en su visita a España en febrero de 1957
El Rey Saud de Arabia Saudí posa junto a Francisco Franco antes del almuerzo en su visita a España en febrero de 1957. | EFE / Miguel Cortés

Es el comienzo de una larga amistad. Saud conocerá Andalucía y ya no dejará de visitar la Costa del Sol, entre otros motivos porque allí puede encontrarse con los máximos representantes del régimen. Pero los árabes quieren algo más que diplomacia de sus visitas a España. Quieren pasarlo muy bien.

En marzo de 1975, los periódicos recogen la visita a Marbella de Adnan Mohamed Khashoggi, asesor financiero del rey Feisal. Lo recibe en el aeropuerto de Málaga Alfonso de Hohenlohe que lo traslada a su yate.

En plena crisis del petróleo, con el resto del país sufriendo, con otros de los destinos turísticos nacidos de los CITN encaminándose a la suspensión de pagos de sus promotores, como ocurrió con Tomás Maestre en La Manga, Marbella se convierte en foco de inversiones.

El interés de los jeques árabes se había iniciado en 1974, cuando el hermano del rey Feisal, el príncipe Fahd, inició las visitas de la familia real saudí a la Costa del Sol. En cinco días, dijeron los medios, gastó cinco millones de pesetas. Asesinado Feisal, Fahd se convierte en el hombre fuerte de Arabia Saudí y su atracción hacia Marbella se contagia.

La reacción en la opinión pública española, atada a lo que le cuentan los medios, es admirarse de la capacidad de gasto de los árabes, de sus excesos, de sus extravagancias.

El príncipe Saud Bin Abdulla Bin Abdul Randa al Saud llega en el verano de 1975 con su séquito al hotel Andalucía Plaza. "No se priva de nada, organiza fiestas y hace correr el dinero por donde pasa. Su última hazaña ha sido consumir dos corderos y cerca de medio centenar de perdices en una comida organizada en una suite y servida en el suelo, sobre la moqueta de la habitación, ante el asombro de la brigada de camareros". (ABC, 15 de julio de 1975)

"Marbella se ha puesto de moda entre los jeques y millonarios de la Arabia Saudí y estos están gastando dinero aquí con una generosidad desconocida, muy superior a la de aquellos americanos de los buenos tiempos que sorprendían a todos con sus derroches". Los maestros de ceremonias: Alfonso de Hohenlohe y Banús.

Los jeques no están del todo satisfechos con lo que Marbella les ofrece para dejarse el dinero y no dudan en pedir el aliciente que les falta: un casino.

A principios de 1977, con España en pleno giro una vez muerto Franco, el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, tiene tiempo de ocuparse de legalizar algo más que el Partido Comunista, los juegos de azar. "El Gobierno considera la legalización del juego medida adecuada para contribuir de forma destacada al impulso del sector turístico, cuyo peso es tan significativo e importante en el conjunto de la economía del país y cuya reactivación no admite espera", recoge el decreto del BOE.

Advierte de que solo podrán beneficiarse quienes obtenga la pertinente licencia del Gobierno y entre ellos van a estar, de nuevo, Banús en Marbella y Maestre en La Manga. "Quién lo iba a decir: el único problema del Casino Nueva Andalucía, de José Banús, es que faltan bolígrafos. Bolígrafos para llenar la ficha de acceso reglamentaria. Porque público sobra. A trescientas pesetas la entrada, la avalancha es de más de un millar de clientes por noche. Y la empresa debe cerrar las puertas varias veces: no va más. Las colas, dentro, forman remolino y se oyen gritos suplicando: ¡Por favor, un boli, déjenme un boli!". Jaime de Mora sale desternillándose después de perder dos mil duros. "Enternecedor: esto es una feria con moquetas en el suelo, un destete, un follón que me puede provocar el tercer infarto. Así que me voy a casa", relata ABC. Los árabes, a su ritmo. Llegaban con sus guardaespaldas, no esperaban la cola. Un croupier revela cómo uno ganó veinte millones de pesetas en veinte minutos, luego los perdió y se fue repartiendo propinas.

¿COMISIONES OBRERAS?

Vender propiedades a los árabes se convierte en el sorteo de la lotería de Navidad con más premiados de la historia. Todo el mundo que tiene algo que vender en Marbella espera que le toque el gordo. Y los que median, también. El periodista Ignacio Carrión describe en ABC el 18 de agosto de 1978 que, mientras mantiene una entrevista con la condesa de Bismarck en una terraza del Marbella Club empiezan a oír a dos hombres discutir a voz en grito. Son Jaime de Mora y Alfonso de Hohenlohe. ¿Qué ocurre?, pregunta el periodista. La condesa responde: "¡Comisiones! El gran tema aquí." El periodista quiere estar seguro: "¿Comisiones obreras?" La condesa aclara: "No, en absoluto. Comisiones de venta". Jaime de Mora le aclarará después a Carrión que Hohenlohe se cree Don Corleone y que la Costa del Sol la han hecho entre todos.

En Marbella se tejen las relaciones de Arabia Saudí con España y con otros países. En 1979, el heredero príncipe Fahd se establece durante dos meses en el municipio marbellí con un séquito de cincuenta personas. Allí almuerza con el rey Don Juan Carlos, se entrevista con el ministro de asuntos exteriores de Marruecos, tiene contactos con políticos rusos. (ABC, 13 de mayo de 1979).

Las relaciones del primero príncipe y luego rey Fahd con Juan Carlos I de Borbón y su participación en el devenir político y económico de España merecerían capítulo aparte. El periodista Gregorio Morán da buena cuenta de ellas en su libro Adolfo Suárez: ambición y destino (Debate, 2009). Publica, entre otras informaciones, una carta del hoy rey emérito al sha de Persia pidiéndole ayuda económica para que la candidatura de Suárez venza al socialismo de Felipe González y con ello se refuerce la débil monarquía.

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Playa Burbuja es una investigación periodística iniciada con un viaje en moto de 2.000 km por la costa mediterránea en busca de las cicatrices que dejó marcadas en el paisaje, el medioambiente y las gentes del litoral la burbuja inmobiliaria y su estallido. Cada aberración urbanística, proyecto abandonado o desastre medioambiental tiene datos, protagonistas y en muchas ocasiones una historia de corrupción detrás.